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“Dadles vosotros de comer” (Mt 14, 16)
¿Es posible, hoy, la esperanza? ¿Es posible seguir esperando en un mundo que está deshumanizado y sombrío?
Vivimos en un mundo insensible ante la miseria, el hambre y las diferencias abismales entre unos pocos que lo poseen todo y tantos hombres, mujeres y niños que nada tienen. Es necesario recordar que 1.500 millones de personas subsisten con un dólar al día. No se ha reducido la pobreza, ni se ha mejorado la salud y la educación que los estados miembros de la ONU se habían propuesto para el año 2015.
Es desolador leer que cuatro equipos del fútbol español han invertido en fichajes 400 millones de dólares, presupuesto que supera los 324 millones de dólares invertidos en el Salvador por Ministerio de Salud Pública para una población de más de seis millones de habitantes. Es un ejemplo pero se podrían multiplicar. Estamos ante un mundo frío y sin corazón.
El diálogo de Jesús con sus discípulos del evangelio de Mateo 14, 15-18, abre una ventana de esperanza, una luz que nace del mundo de los pobres, de los hambrientos y de los enfermos que buscan a Jesús. Allí están los marginados llevándole todas sus amarguras y tristezas que una sociedad religiosa e hipócrita no les ha satisfecho a pesar del culto y de tantos sacrificios realizados en el flamante templo de Jerusalén. Allí se postran a los pies del maestro que se compadece de ellos y no quiere dejarlos ir porque teme que se desmayen por el camino. Y allí, en el descampado, suena la palabra de Jesús, palabra dirigida a sus discípulos, porque esta palabra sólo se escucha en la soledad del corazón, en el desierto del desprendimiento y en el monte que nos acerca a Dios y a los hermanos. Allí resuena su voz, su palabra comprometedora. Allí están sus discípulos desconcertados por su egoísmo y por su insensibilidad ante la tragedia de aquella gente sin pan y con hambre. La queja de siempre y de hoy, ¡qué podemos hacer ante tantas necesidades y tantas personas desposeídas de su dignidad y de lo más elemental, como es la comida, la salud, la vivienda, la educación, la participación en la vida política y ciudadana¡ ¿De dónde vamos a conseguir soluciones a tantos problemas de nuestras familias y de nuestros pueblos que sobreviven o mal viven en la marea de la globalización, del alza de la canasta básica y de tantas otras subidas que nos hacen morder el polvo de la desesperación?
Hoy, también decimos a Jesús: "Despide a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren cominda". Jesús nos dirige de nuevo las mismas palabras en la soledad de nuestro corazón:
“No tienen por qué marcharse: dadles vosotros de comer” ( Mt 14, 16).
Aquí está la raíz del hambre de nuestra gente y de toda la problemática mundial. Hagamos cuentas y cada uno descubrirá, como los discípulos, que tenemos “cinco panes y los dos peces”. Los discípulos pensaban, como nosotros hoy, que no era suficiente para saciar a “cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños”, que serían muchos más que los hombres porque las mujeres y los niños son los que más padecen la dureza de una sociedad sin entrañas y también son los que más necesitan al que viene a saciar a los cansados y agobiados por el egoísmo de los poderosos y de los satisfechos.
Cuando el hombre se guarda los cinco panes y los dos peces, no se multiplican. Siempre habrá hambre y miseria. Es necesario poner en las manos de los otros los cinco panes y los dos peces. Partir el pan es compartir. Ponerlo en las manos de los pobres es llenar las manos de Jesús para que se repita el milagro de la solidaridad, “comieron todos y se saciaron”. Compartir es vencer el egoísmo de quedarnos los cinco panes y los dos peces. Hoy, como ayer, la tentación es acaparar para provecho propio lo poco o lo mucho que está en nuestras manos. Es colocar la luz debajo de nuestros intereses para que no alumbre y el frío de la miseria se extienda a todos los de la casa. Cuando los compartimos con los pobres, “entonces brotará tu luz como la aurora” (Is 58, 8). Resplandecerá la luz en las tinieblas del egoísmo.
El evangelio del amor es la luz que nos desvela la riqueza que existe cuando ponemos nuestros bienes al servicio de los demás. Siempre se multiplican y sobran doce canastas llenas de generosidad y de solidaridad. La verdadera felicidad está en vivir para los demás, el infierno es estar condenado a vivir para sí mismo, como dice san Agustín el pecado original es “el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios”; también podemos añadir y no poder ser un don para el otro, un regalo de Dios para los hermanos.
La palabra de Jesús nos llama a volver nuestro corazón a Dios para amar a los hermanos hasta el olvido de nosotros mismos. El sufrimiento más horroroso es no poder amar, porque el que busca salvar su vida la pierde. Lo que nace del egoísmo está muerto porque no brota del amor, fuente de vida.
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